
Con el tiempo pasa como con el amor: todo el mundo cree que sabe lo que es hasta que uno empieza a pedir detalles sobre su esencia.
Si uno entra en un vagón de metro y pronuncia la vieja fórmula: “Muy triste es preguntar lo que es el tiempo, pero más triste es tener que robar”, enseguida surgirá algún enteradillo que responda que el tiempo es una de las dimensiones en las que nos movemos. La respuesta puede parecer correcta a primera vista, pero, a poco que se la examine, se advierte que el tiempo es una dimensión muy especial.
Podemos subir o bajar, torcer a la derecha o a la izquierda, pero con el tiempo sólo tenemos una opción: ir del pasado al futuro. Si estamos en un prado y miramos alrededor, tal vez controlemos dos kilómetros a...![]()

Los filósofos antiguos eran como los publicitarios actuales. Un buen día a Akenatón se le ocurría que Atón era la chispa de la vida y empezaban a aparecer en los templos carteles anunciando “Amón eres un mamón. Nuestro dios es Atón”. Como sucede con las campañas publicitarias actuales, había unas que fracasaban, como la mencionada de Atón, y otras que triunfaron como la de la caverna de Platón.
Cuando se es tan feo como Platón, resulta inevitable consolarse pensando que existe un mundo de las Ideas, donde todo es perfección y del cual el mundo de aquí abajo no es más que un pobre trasunto. Además, para los agorafóbicos puede resultar atractivo pensar que se encuentran en una caverna. Finalmente, a todos,- feos, agorafóbicos, alopécicos, Testigos de Jehová, hinchas del Atleti…- nos seduce pensar que lo que vemos, que suele ser bastante deprimente, no es la realidad, sino su imagen. En alguna parte, allá fuera, a nuestras espaldas, la Vida Real transcurre y nosotros sólo vemos sus sombras. Vamos, como si en el cine nos hubiesen colocado en la última fila y detrás de una columna.
Si se acepta el planteamiento platónico, las opciones son claras: o intentar levantar el culo para salir de la caverna y ver bien la peli...
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