
En los últimos días, y al igual que otros muchos, he procurado escarbar en las causas que vienen a explicar lo que ocurre en tantas localidades francesas. He hablado con colegas, he leído un sinfín de artículos, he escuchado un buen puñado de entrevistas, me he perdido en Internet y he repasado, en fin, lo que ya creía saber.
A decir verdad, no me he topado con pensamiento alguno particularmente original. Esto, que a primera vista es un estímulo para el desánimo, me ha parecido, sin embargo, llamativo: las tesis originales faltan porque, por una vez, lo que ocurre en Francia está razonablemente claro y no levanta dudas mayores. Si acaso queda pendiente de ![]()

Se marchan como han llegado, en tropel, en furgoneta, entre risas, bromas y miradas silenciosas a través de las ventanillas. Les despido con la mano, vuelvo al hotel. La recepción sigue igual, y sin embargo parece distinta, vacía, llena de ausencias: es ya otro lugar. Doy unos pasos sin rumbo aquí y allá, me acerco a la recepción, a la puerta de los ascensores, mientras leo unas líneas a lápiz en unas cuantas cuartillas. Las guardo en el bolsillo del pantalón. Salgo del hotel y espero un taxi para volver a mi casa. Imagino la furgoneta, que se dirige al aeropuerto, las conversaciones, las fotos. Resulta fácil de imaginar el trayecto de regreso, con las maletas y los pasaportes, la excitante rutina del viaje, las esperas inconexas antes de llegar a bordo, al ambiente aséptico de hospital que desprende el interior de un avión en pleno vuelo....![]()
