
Hubo un tiempo en el que el término “comunista” podía servir para muchas cosas. Si Arbenz en Guatemala afectaba a los intereses de las compañías bananeras, bastaba con tildarlo de comunista para que su derrocamiento estuviera justificado. Si el régimen de Franco prestaba su territorio para la instalación de bases militares, el adjetivo de anticomunista garantizaba que el autodenominado Mundo Libre mirase hacia otro lado cuando el régimen violase los Derechos Humanos. En aras de la defensa frente a la amenaza comunista, que es cierto que existía, no había problemas en lograr que se aprobaran costosos gastos en defensa e inteligencia, que a menudo beneficiaban sólo a unas pocas empresas...
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Desde que Estados Unidos se lanzó a acometer sendas agresiones militares en Afganistán e Iraq el argumento se ha esgrimido un sinfín de veces: las operaciones en cuestión, lejos de reducir el caldo de cultivo de eso que ha dado en llamarse terrorismo internacional, antes bien han venido a engrosarlo. Bastará con rescatar un dato llamativo que incluía el pasado año el informe del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres: si hace un lustro Al Qaida era una red instalada en media docena de países, hoy en día sus militantes se hallan presentes en sesenta Estados, en lo que se antoja ilustración fidedigna del calamitoso resultado de la política abrazada por los![]()

Estoy leyendo a Marguerite Duras otra vez. La primera fue en Sevilla. Una amiga me había dejado su libro, El Amante. Lo disfruté muchísimo. Quizá porque me sentía identificada con ella. Yo estaba escribiendo algunas notas, sentimientos que tenía, sensaciones acerca de mi amante de aquel momento. Un buen amante, que casi siempre me dejaba satisfecha. Y cuando mi amiga leyó lo que yo había escrito me dijo que le recordaba a ella, Marguerite Duras.
En verdad no alcancé a comprender en aquel momento la importancia de sus palabras. Cuando pintaba me pasaba algo parecido. Había pintado un cuadro al temple sobre un retablo de madera contrachapada. Había hecho varios bocetos...![]()

Tengo que volver sobre algo que, forzado por las circunstancias, me interesó en las aciagas jornadas madrileñas del 11 de marzo del pasado año. Quiere uno creer que, en las horas que siguen a hechos execrables --a los de Madrid como a los de Londres--, la prudencia debe imponerse entre quienes emiten sus opiniones en los medios de comunicación, y que eso reclama, antes que nada, de mucha modestia en lo que hace a los conocimientos e intuiciones propios.
Digo esto porque, de manera llamativa, no ha sido ésa la línea de conducta que ha imperado entre nosotros, una vez más, de la mano de las opiniones de muchos de los integrantes de esa plaga contemporánea que son los tertulianos y comentaristas de periódicos, radios y televisiones. Y es que hay quien, sin rebozo alguno, parece saber de casi todo: expertos en seguridad, estos todólogos dominan los entresijos de eso que ha dado en llamarse terrorismo internacional y...![]()

Con el tiempo pasa como con el amor: todo el mundo cree que sabe lo que es hasta que uno empieza a pedir detalles sobre su esencia.
Si uno entra en un vagón de metro y pronuncia la vieja fórmula: “Muy triste es preguntar lo que es el tiempo, pero más triste es tener que robar”, enseguida surgirá algún enteradillo que responda que el tiempo es una de las dimensiones en las que nos movemos. La respuesta puede parecer correcta a primera vista, pero, a poco que se la examine, se advierte que el tiempo es una dimensión muy especial.
Podemos subir o bajar, torcer a la derecha o a la izquierda, pero con el tiempo sólo tenemos una opción: ir del pasado al futuro. Si estamos en un prado y miramos alrededor, tal vez controlemos dos kilómetros a...![]()
