
Se marchan como han llegado, en tropel, en furgoneta, entre risas, bromas y miradas silenciosas a través de las ventanillas. Les despido con la mano, vuelvo al hotel. La recepción sigue igual, y sin embargo parece distinta, vacía, llena de ausencias: es ya otro lugar. Doy unos pasos sin rumbo aquí y allá, me acerco a la recepción, a la puerta de los ascensores, mientras leo unas líneas a lápiz en unas cuantas cuartillas. Las guardo en el bolsillo del pantalón. Salgo del hotel y espero un taxi para volver a mi casa. Imagino la furgoneta, que se dirige al aeropuerto, las conversaciones, las fotos. Resulta fácil de imaginar el trayecto de regreso, con las maletas y los pasaportes, la excitante rutina del viaje, las esperas inconexas antes de llegar a bordo, al ambiente aséptico de hospital que desprende el interior de un avión en pleno vuelo.
Todo lo que no haya dicho, lo que no haya preguntado, no sucederá nunca. Las cosas que quise expresar o vivir de otro modo, partes de Manila que hubiera querido descubrir de nuevo, no existirán jamás. Estoy aturdido: cuanto ha sucedido en los días anteriores queda instantaneamente congelado en el pasado, un pasado que a partir de ahora sólo puede alejarse lentamente como un tren que se pone en marcha.
No tardará en empezar a llover. Tengo asuntos pendientes. Antes de entrar en el taxi lanzo una última mirada atrás. Luego pido al conductor que me devuelva a Malate.
Los días del pasado nunca volverán. Esta ciudad de ausencias debería tenerlo grabado a fuego sobre roca viva, y sus habitantes deberíamos memorizarlo y repetirlo cada mañana antes de empezar el día. Un lugar que tiene tantos y tan profundos pasados como estratos tiene una montaña, debería advertir a los recién llegados. Los días del pasado nunca volverán.
La ciudad recibe durante unos cuantos días la visita de un puñado de escritores españoles, hombres y mujeres que representan la vanguardia de la literatura en nuestro país. Con curiosidad, acudo el primer día para ayudarles a descubrir el pasado de esta ciudad.
Días vibrantes, la vida entera parece concentrarse en una única semana en la que las realidades se han vuelto del revés. No hay trabajo ni horarios, la mayor obligación consiste en asistir a una charla sobre literatura, tras la que se hay una comida se sirve y se recoge sola, por arte de magia. Cada día parece una vida entera y el mundo parece caber dentro de una furgoneta.
Me voy fijando en cada persona del grupo según van pasando las horas, los días, sin que se den cuenta, mientras charlan o bromean. Alguien pregunta hambriento de información, el significado de éste o aquél detalle que se sucede en rápida sucesión a lo largo de las calles. Escribe calladamente en su cuaderno, frases esbozadas de un bolígrafo que se agita según le van pasando sensaciones por la cabeza.
De otro de ellos aprendo que la poesía no es sólo secreta e íntima, también es repentina como una grito de llamada o una protesta visceral, indefensa y saludable como un estornudo. Me descubre, sin saberlo, un mundo diferente. Otra, mientras tanto, mira en silencio a través de la ventanilla cuanto va pasando frente a ella, ajena a las conversaciones de su alrededor. Me fijo con atención en sus ojos mientras observa, en el gesto indefinido de su mirada, me recuerda a cuando llegué a esta ciudad.
Con una tengo algo en común que me hará verla con tremenda proximidad: ambos vemos el mar cada día desde nuestras ventanas. Otra de ellas es complicada como una cajita de música, un delicado engranaje que parece el interior de un reloj: fascinante pero incomprensible, con una fragilidad que se sospecha pero una exactitud comprobable. Otra es pragmática y directa, y sus poemas, leídos una semana después, me desconciertan por su profunda belleza, pero será tarde para decírselo en persona.
Cada personalidad destaca por mil y un detalles. A veces la intelectualidad suele acusar un ego que en condiciones normales puede desbordarse y resultar difícil, en cambio en esta ciudad imposible de mil estratos dentro de su laberinto, las personalidades se han fundido en un solo grupo que desborda camaradería y entusiasmo, a veces me parecen la misma persona, una única figura de múltiples caras a la que puedo descubrir partes de mi ciudad y llevar de un sitio a otro mientras aprendo cosas mágicas.
Hace una semana echaba en falta versos, entusiasmo, ganas de vivir. Han pasado estos días de alegre tormenta y me han dejado a su paso la dulzura de unos días imborrables y la amargura de su constante ausencia.
En el taxi, de camino a Malate, sonrío.
