de Nota

El Cementerio de Paco

28 Septiembre, 2005 @ Hora 08:07:21 PM



El cementerio de Paco representa una parada obligada para cualquier
visitante a la ciudad. Los muros son altos, de piedra vieja, carcomida por
los años, la polución, las grietas dejadas por los terremotos como rasgos de
un rostro anciano. Este pequeño círculo de verde y tranquilidad, donde
trinan algunos pájaros en medio del bullicio de Manila, es apenas una gota
redonda y aislada rendida por el océano de cemento que forma la ciudad.
Acaso por esta misma razón su imagen multiplique su valor, belleza e
interés.

Acérquese a la verja de la entrada. Un módico precio de 5 pesos y medio le
permitirá el paso. Entréguelos a la mujer que ocupa la garita, sus ojos no
mostrarán la sorpresa que siente de ver a un visitante, aunque son pocos los
que se acercan a visitar este lugar. Franqueando las puertas se abre un
hermoso oasis de verdor, de jardín antiguo y tranquilidad, en recuerdo de
una ciudad que como el habitante de un camposanto, ya no existe más que en
el recuerdo.

Los árboles dan sombra y frescor, acompañando el paseo. Podrá comprobar que
la distribución arquitectónica de este cementerio es única, en torno a una
capilla circular se extienden dos muros concéntricos, en cuyos márgenes
están los huecos de los nichos, vacíos desde hace décadas, que miran como
las cuencas ciegas e inexpresivas de una calavera. De cuando en cuando, aquí
y allá, se ve una lápida sobre un nicho que no fue vaciado por los
funcionarios encargados de convertir el vetusto cementerio en un higiénico
jardín, en 1934 (?). En su interior descansan los restos de individuos cuyos
nombres apenas nos dicen nada, se trata de un lugar aislado y solitario para
reposar, donde ya nadie se acerca para recordar a sus muertos, sino para dar
un breve paseo o escuchar un concierto de música de cámara los viernes por
la tarde.

Un trágico hecho, retazo marginal de una historia más trágica todavía,
caracteriza este lugar. Si continúa caminando por la vertiente exterior
izquierda del paseo, con los nichos vacíos a ambos lados, llegará usted al
punto donde un día de fin de año de hace ya mucho tiempo se abrió una zanja
anónima, a cuyo interior se arrojó el cuerpo inerte, envuelto apenas en unas
sábanas manchadas de sangre, de un joven poeta. Fue cubierto de tierra en
pocos minutos y dejado allí, una tumba sin lápida, sin ataúd, un agujero en
la tierra como cuando se entierra a un animal.

El lugar exacto, frente al que usted se encuentra, es un rincón cualquiera
del cementerio, no lejos de la capilla. Hoy lo estropea una cruz y una placa
que recuerda al poeta, Doctor José Rizal, que ocupó la zanja. Recordarle es
de justicia, si bien a nuestros propósitos de teñirnos en parte de la magia
que tienen los escenarios que han sido testigo de hechos memorables, lo
entorpece un poco. La cruz le honrará para siempre, a pesar de que el mes
que figura en la placa está escrito con descuido, pero nosotros queremos
honrarle desde un recuerdo más emotivo, emocional, para lo cual de poco
sirven las placas de pesado metal. Mejor continúe caminando por la zona, de
usted unos cuantos pasos por allí, como hicieron los soldados, esbirros del
poder, vigilando el lugar para evitar que los familiares del muerto
acudiesen allí a llorarle. Piense usted en la verja de la entrada, por donde
ha pasado no hace mucho. Allí estuvo durante días enteros la madre de Rizal,
anciana deshecha por el dolor de la injusta ejecución de su hijo. Le
impidieron el paso durante varios días, hasta que ella forzó su paso con su
cuerpo de anciana, y desafió a los soldados a dispararla si se atrevían, con
los ojos encendidos en relámpagos de dolor y lágrimas de odio. No debió
costarle mucho encontrar el lugar, tierra removida bajo la cual, a escasos
centímetros de ella, estaba el cuerpo menudo y moreno de su hijo, que se
descomponía ya, sin ella saberlo, no a través del abrazo temporal de una
caja de madera sino en contacto directo con la tierra húmeda del país que lo
vio nacer.

Enterrado en una zanja anónima, sin ataúd. ¿Qué motivos tenían aquellos
religiosos responsables de hacerse cargo del cadáver, para comportarse tan
miserablemente? Los hermanos de la paz y la caridad encontraron razones sin
duda para faltar a su deber de cristianos e insultar la memoria, ya
indefensa, de quien les había puesto en evidencia con sus críticas y
caricaturas literarias.

El paseo puede completarlo visitando la parte posterior del cementerio,
lugar de encuentro para parejas de enamorados que se acarician al amparo de
los muros de piedra, siempre discretos, que en otro tiempo ampararon los
huesos de los niños que fallecían en corta edad. Cerca de la salida,
completando así nuestra circunvalación al recinto, se encuentra el lugar
donde se abrió otra zanja, que ya no sorprende tanto como la primera aunque
sea anterior en el tiempo y diera cobijo a otros tres hombres, inocentes del
delito por el que se les condenó y ejecutó: los padres Gómez, Burgos y
Zamora. Es triste ver el escenario donde se arrojaron varias de las
injusticias del pasado, cubiertas de tierra. Pero esa tierra es hoy verde, y
al salir del cementerio de Paco por la verja que le abre el acceso a la
ciudad de Manila, y vuelva de lleno al tráfico y la polución, es posible que
se sienta tentado de pensar por unos instantes en las realidades del
presente, las miserias que se repiten, y esas otras tantas víctimas que aún
han de yacer, mientras no hagamos nada, en otras tantas zanjas anónimas.





Autor: Pablo Méndez | Texto permalink




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