
Hubo un tiempo en el que el término “comunista” podía servir para muchas cosas. Si Arbenz en Guatemala afectaba a los intereses de las compañías bananeras, bastaba con tildarlo de comunista para que su derrocamiento estuviera justificado. Si el régimen de Franco prestaba su territorio para la instalación de bases militares, el adjetivo de anticomunista garantizaba que el autodenominado Mundo Libre mirase hacia otro lado cuando el régimen violase los Derechos Humanos. En aras de la defensa frente a la amenaza comunista, que es cierto que existía, no había problemas en lograr que se aprobaran costosos gastos en defensa e inteligencia, que a menudo beneficiaban sólo a unas pocas empresas.
La caída del Muro de Berlin puso fin a al peligro comunista, que había dado tanto juego desde 1945. Los noventa fueron años en los que se buscaron otras amenazas que permitieran seguir justificando ciertas políticas y ciertos gastos. Durante algún tiempo pareció que la lucha contra la droga tomaría el relevo de la lucha contra el comunismo. Pero cualquier que vea las fotos que se hizo el difunto Pablo Escobar, disfrazado de gangster de los años 20, entiende que intentar presentar a ese sujeto y a sus adláteres como amenazas para la Humanidad, resulta exagerado. A comienzos de su primer mandato, el Presidente Bush intentó presentar en sociedad a un nuevo enemigo: los Estados terroristas. Kim Il-Jong resulta un enemigo de la Humanidad más creíble que Pablo Escobar, pero sigue resultando difícil imaginárselo desencadenando una III Guerra Mundial.
En esto llegó el 11-S y, para alivio de algunos líderes, apareció finalmente la amenaza definitiva, el terrorismo.
El terrorismo como excusa geopolítica es mucho más atractivo que el comunismo. Para empezar, mientras que la etiqueta de comunista había países y regímenes a los que no se les podía aplicar ni con calzador, la de terrorista es omnicomprensiva, toda vez que no existe un concepto unívoco de terrorismo. Incluso se le podría aplicar al Vaticano, si aducimos que la inculcación de la idea del infierno en la más tierna infancia es un caso de terrorismo psicológico.
Con el comunismo cabía la posibilidad de que un día ese régimen cayese, como ocurrió, y nos quedásemos sin enemigos. Con el terrorismo la posibilidad de que nos quedemos sin enemigo es remota. Si mañana cayesen todos los terroristas de Al-Qaeda, aún nos quedarían los chechenos, las guerrillas colombianas y el Ejército de la Liberación del Señor de Uganda. Hay tarea para muchos años, como reconoció el propio Secretario de Defensa estadounidense Rumsfeld cuando, a finales de 2001, anunció que el final de la guerra contra el terrorismo no lo vería esta generación. Eso supone abultados presupuestos de defensa e inteligencia por muchos años.
Por mucha propaganda en contra que se le hiciera, siempre quedaban en Occidente convencidos de que el comunismo traería una especie de paraíso en la tierra. Esos irreductibles obligaban a tratar con cierto cuidado el tema de los Derechos Humanos. Sólo bastaba que para combatir el comunismo cometiéramos las mismas violaciones de los Derechos Humanos que los comunistas cometían. En la lucha contra el terrorismo no hace falta ser tan exquisito, como un pobre electricista brasileño ha descubierto a sus expensas en el metro de Londres.
Reconozcámoslo, el terrorismo como amenaza ha venido para quedarse y de una guisa o de otra lo tendremos en el telediario por muchos años. También durante mucho tiempo tendremos que acostumbrarnos a controles y revisiones en los sitios públicos y a ir dejando por el camino un reguerito de libertades, a modo de calderilla que se nos hubiera escapado por un agujero en el bolsillo del pantalón. Lo mejor que podemos hacer es invertir desde ahora en acciones de empresas fabricantes de equipos de seguridad y de armamento. Tienen que subir por narices. Tienen la demanda garantizada.
