de Nota

Marguerite

12 Julio, 2005 @ Hora 09:41:29 AM



Estoy leyendo a Marguerite Duras otra vez. La primera fue en Sevilla. Una amiga me había dejado su libro, El Amante. Lo disfruté muchísimo. Quizá porque me sentía identificada con ella. Yo estaba escribiendo algunas notas, sentimientos que tenía, sensaciones acerca de mi amante de aquel momento. Un buen amante, que casi siempre me dejaba satisfecha. Y cuando mi amiga leyó lo que yo había escrito me dijo que le recordaba a ella, Marguerite Duras.


En verdad no alcancé a comprender en aquel momento la importancia de sus palabras. Cuando pintaba me pasaba algo parecido. Había pintado un cuadro al temple sobre un retablo de madera contrachapada. Había hecho varios bocetos, dibujos sobre papel blanco. Otra amiga los había visto. Y me pidió que le regalara uno. Se lo di. ¿Por qué no? Era mi sueño entonces, y quizá también el de ella. Soñábamos todas durmiendo con el amante. Le regalé el dibujo a aquel muchacho apasionado que me entregaba horas de su pasión en mi alcoba. Y el mejor regalo de todos fueron sus lágrimas. No me esperaba su reacción. Estaba echado en mi regazo y miraba el cuadro como si mirara... no sé qué. Acarició mi pecho y lloró en silencio. Lo cierto es que ya no pinto. No lo he dejado, esa parte de mí ha cedido espacio a la otra parte. Pues reconozco que estoy dividida. La parte que quiere expresarse con palabras, a través de las palabras. Parece que es más fuerte, lo ha sido siempre. No sé dónde quedaron aquellas notas. No sé si las guardé en el baúl que siempre ha estado conmigo, o si las tiré a la basura en un intento por olvidar mi pasado. Siempre estoy en pugna conmigo misma. Siempre estoy al frente de alguna batalla y muchas veces he salido malherida.


Ahora me reencuentro con ella. Marguerite ha entrado por la puerta de la nostalgia. Y viene dispuesta a recordarme muchas cosas; las cosas que teníamos en común. Esa vida que hemos vivido en soledad, porque la soledad se convirtió desde el primer momento, en nuestra principal compañía. Me siento a gusto con ella. Hablamos el mismo idioma, incluso hay en ambas esa dicotomía, esa ruptura de la persona, que es capaz de expresarse en varios lenguajes. Pero alguno siempre persiste; alguno habla más alto y con más fuerza. Es la parte esencial de cada una. La más importante, la escritura. Ella habla de la soledad con esa experiencia que las palabras dibujan, pero sólo pueden entenderlas quienes la viven de igual forma. Quienes la sienten como se sienten a sí mismos al cerrar los ojos por la noche; cuando el sueño embarga y es irresistible. El sueño que traerá de nuevo el día. O el otro sueño, del que no sabemos dónde despertaremos.


Se escribe solo y se sueña solo también. Es una condición. Siempre he creído que podemos cambiar todo lo condicionado, de alguna forma mantengo la esperanza de cambiar algo, algo de esa soledad. Es una mentira piadosa en la que aprendí a creer para sobrevivir. Porque no podemos cambiar nada.
La soledad del escritor es inviolable, inalterable. Una vez que aparece todas las formas, aún las más obstinadas, se derrumban. Quedan abolidas por su peso, por su carencia de sentido. Y aparece dentro de ese universo, como en el medio de un páramo, todo un despliegue de vivencias, pues también es cierto que vivimos solos. Podemos compartir, existe la necesidad, otra condición de la existencia. Pero en su momento, esa misma necesidad se rebela estéril o se torna contra sí misma. Necesitamos estar solos. No. Necesitamos reconocer el rostro de nuestra soledad. Marguerite dice: “Alrededor de la persona que escribe siempre debe haber una separación de los demás”. Yo descubrí esta verdad cuando aún era demasiado joven para aceptarla. Así como cuando la religión se vuelve insuficiente, cuando sus argumentos resultan inútiles para explicarnos la existencia; llega un momento en el cual hemos de encarar esa soledad. Y su presencia nos perturba, nos asusta, nos condena; porque no podemos negarla. Está allí, es presencia. Y de pronto, en algún momento de nuestras vidas, hacemos las paces con ella. La aceptamos, la comprendemos y llegamos a reconocernos plenamente en su rostro.


Así un día la descubrí, escribiendo. Estaba en una clase, en medio de un grupo de personas que compartían conmigo la aventura de escribir. Todos estábamos allí por la misma razón. Me tocó leer lo que había escrito; una especie de diálogo. Me sonrío al recordarlo; era un diálogo con la soledad. Mi profesor y mis compañeros guardaron silencio. Ese momento es crucial. Cuando las voces se apagan para que se levante la única voz. Nadie es verdaderamente conciente de lo que dice o de lo que escucha, todo está ocurriendo como si no ocurriera. Pero cuando la soledad aparece, se hace el silencio. Y ella apareció. Ni siquiera yo me había dado cuenta. La sorpresa de su llegada nos abordó a todos. Y es entonces cuando la conocemos con todo nuestro ser.
Mi profesor levantó la mirada, la fijó sobre mí durante algunos instantes. Ella estaba tan presente que era absolutamente imposible irrespetarla con otra palabra. Después de esos instantes de silencio mi profesor suspiró, alguien del grupo exclamó como un niño: ¡qué bonito! Ella ya se había desvanecido, del mismo modo en que llegó.


Entonces la amé, tanto como a aquel muchacho que fue mi amante durante algunas noches, y que lloró sobre mi regazo cuando la vio en aquel dibujo sobre el retablo de madera.





Autor: Esperanza Theis | Texto permalink




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