
Con el tiempo pasa como con el amor: todo el mundo cree que sabe lo que es hasta que uno empieza a pedir detalles sobre su esencia.
Si uno entra en un vagón de metro y pronuncia la vieja fórmula: “Muy triste es preguntar lo que es el tiempo, pero más triste es tener que robar”, enseguida surgirá algún enteradillo que responda que el tiempo es una de las dimensiones en las que nos movemos. La respuesta puede parecer correcta a primera vista, pero, a poco que se la examine, se advierte que el tiempo es una dimensión muy especial.
Podemos subir o bajar, torcer a la derecha o a la izquierda, pero con el tiempo sólo tenemos una opción: ir del pasado al futuro. Si estamos en un prado y miramos alrededor, tal vez controlemos dos kilómetros a la redonda. Si subimos a un avión y sobrevolamos ese mismo prado, controlamos cincuenta kilómetros. Con el tiempo nunca controlamos más que el breve instante que llamamos presente. Si estamos durante treinta minutos contemplando el álbum de fotos de toda nuestra vida, no habremos conseguido comprimir nuestros treinta años de vida en media hora. Los treinta minutos no habrán sido más que una sucesión de instantes, cada uno dedicado a rememorar otro instante del pasado.
Algunos físicos piensan que el final del universo consistirá en una vasta sopa inerte de partículas. Podemos imaginarnos esa sopa gigantesca que abarcará todo el cosmos. Lo que no podemos concebir son esos eones infinitos en lo que no ocurrirá nada, porque la entropía habrá ganado la partida. Cabe que nos preguntemos si el tiempo seguirá existiendo en esa eternidad vacía de acontecimientos, en la que cada billón de años será exactamente igual al precedente.
Los sautantrikas, una antigua escuela del budismo indio, defendían que cada instante surge y se desvanece en la nada. Somos nosotros los que tomamos esa yuxtaposición de instantes efímeros y la confundimos con un flujo, al que llamamos tiempo.
Me quedo con la visión de los sautantrikas. Puede que sea la fórmula para conseguir la inmortalidad. Basta con no estar presentes cuando llegue el instante de nuestra muerte.
