de Nota

Iraq, un país inexistente

29 Abril, 2005 @ Hora 05:04:49 AM



Iraq, un país inexistente

Dicen que un camello es un caballo diseñado por un comité. Iraq fue un país inventado por un comité. El comité en cuestión fue la Conferencia de El Cairo de 1921.


En 1921 hacía tres años que la I Guerra Mundial había terminado, dejando al Reino Unido en posesión de grandes territorios que habían sido del Imperio Otomano y de un importante déficit. Oriente Medio comenzaba a agitarse: en Palestina ya habían aparecido los primeros síntomas de malestar entre una población árabe que comenzaba a despertar al nacionalismo y unos inmigrantes judíos prestos a crear allí su hogar nacional; Ibn Saud ya había emprendido la unificación de la península arábiga por la fuerza; el hashemita Feisal, expulsado por los franceses de Damasco, andaba a la busca de alguna corona que ponerse en la cabeza; su hermano Abdullah estaba en Amman conspirando para atacar a los franceses en Siria. Fue en este contexto que el entonces Secretario para las Colonias, Winston Churchill, convocó la Conferencia de El Cairo.


Cuando se reunió la Conferencia, con respecto a Iraq, sólo había un punto de consenso claro: la fórmula a la que se llegase no debería ser onerosa para el erario británico. Los más informados incluso podían encontrar un segundo punto de consenso: que el Reino Unido conservase algún tipo de control sobre la región de Mosul, que parecía albergar importantes reservas petrolíferas. Fuera de eso, todas las opciones estaban abiertas.


Podría decirse que Iraq fue creado porque a nadie se le ocurrió una idea mejor. Un país unificado y teóricamente soberano regido por un gobernante adicto parecía la mejor fórmula para garantizar al Reino Unido un cierto control sobre el territorio a bajo costo. Curiosamente es la misma fórmula a la que EEUU ha recurrido en 2005: no cuestionar la unidad del país y asegurarse la elección de un Gobierno adicto, que garantice la seguridad interior lo suficiente como para que no haga falta una presencia militar norteamericana sustancial.


La fórmula inventada por los británicos podía funcionar siempre y cuando se dieran dos premisas: 1) Un bajo nivel de conciencia nacional por parte de las comunidades que integran Iraq; 2) La percepción de que el Imperio británico era fuerte y no vacilaría a la hora de asegurarse que Iraq no saliese de su regazo. Estas dos premisas empezaron a vacilar durante la II Guerra Mundial. En la primavera de 1941, cuando parecía que el triunfo alemán era inevitable, el Primer Ministro Rashid Alí, imbuido de un nacionalismo árabe que ya era más que incipiente, intentó sacudirse la tutela británica. Gran Bretaña aplastó la revuelta sin contemplaciones. Cuando en 1958 se produjo la revolución que acabó con la pro-británica dinastía hashemita, el Reino Unido no intervino. El nacionalismo árabe estaba en plena efervescencia y el fiasco de la operación de Suez de 1956 había demostrado que el Reino Unido ya no contaba con los medios para llevar a cabo una política global.


Los diez años que mediaron entre el final de la monarquía y el inicio de la dictadura de Saddam Hussein fueron tumultuosos y tal vez sean un indicio de lo difícil que le será a un Iraq democrático encontrar la estabilidad. A Iraq le pasó un poco como a Yugoslavia: dos países artificiales, productos de la I Guerra Mundial, cuya fragmentación interna sólo podía ser ocultada por un dictador. La Administración de Bush I entendió muy bien esta realidad y ése fue uno de los motivos por los que los tanques norteamericanos no entraron en Bagdad en 1991. Las revueltas shíies en el sur del país y la insurgencia kurda en el norte frenaron el avance de los tanques. EEUU esperó que Saddam fuese derribado por su propio entorno y que surgiese una solución iraquí al futuro post-Saddam. Esa revolución anti-Saddam no se produjo y lo que siguió fueron doce años de impasse en los que un dictador aislado y sanguinario se mantenía contra viento y marea.


¿Por qué en 2003 la Administración de Bush II olvidó todas las precauciones anteriores y decidió derribar al dictador, sin pensar que tal vez la única alternativa fuera el caos? Podemos pensar que las perspectivas de controlar las segundas mayores reservas petrolíferas del mundo nublaron la mente de los planificadores norteamericanos. Posiblemente creyeran que, aliviados al verse liberados de Saddam Hussein, los iraquíes verían a las tropas de ocupación como tropas de liberación y la perspectiva de un futuro democrático y próspero bastaría para borrar las quiebras interétnicas. Si ése era el planteamiento, se equivocaron. No aprendieron de la Historia: tampoco en 1918 los iraquíes, que entonces se llamaban mesopotámicos a falta de mejor nombre, agradecieron especialmente a los británicos que les hubieran librado de los otomanos.


Las perspectivas del Iraq post-Saddam son sombrías. La brecha entre sunníes y shíies no cesa de agrandarse, sabiamente azuzada por los atentados étnicos de los grupos radicales. Los kurdos ahora que gozan de una autonomía muy amplia no se conformarán con menos en el futuro Iraq. Un elemento que no existía en tiempos de la tutela británica ha hecho su aparición: el terrorismo fundamentalista. En el mejor de los casos tal vez a medio plazo pueda mantenerse un Iraq unido y razonablemente democrático, aunque ello requerirá muchos años de ocupación extranjera y bastante sangre. En el peor de los casos…





Autor: Fabricio Zamora | Texto permalink




Creative Commons License / XHTML 1.0 / CSS
Nedstat