
El agujero de Diógenes contra la caverna de Platón
Los filósofos antiguos eran como los publicitarios actuales. Un buen día a Akenatón se le ocurría que Atón era la chispa de la vida y empezaban a aparecer en los templos carteles anunciando “Amón eres un mamón. Nuestro dios es Atón”. Como sucede con las campañas publicitarias actuales, había unas que fracasaban, como la mencionada de Atón, y otras que triunfaron como la de la caverna de Platón.
Cuando se es tan feo como Platón, resulta inevitable consolarse pensando que existe un mundo de las Ideas, donde todo es perfección y del cual el mundo de aquí abajo no es más que un pobre trasunto. Además, para los agorafóbicos puede resultar atractivo pensar que se encuentran en una caverna. Finalmente, a todos,- feos, agorafóbicos, alopécicos, Testigos de Jehová, hinchas del Atleti…- nos seduce pensar que lo que vemos, que suele ser bastante deprimente, no es la realidad, sino su imagen. En alguna parte, allá fuera, a nuestras espaldas, la Vida Real transcurre y nosotros sólo vemos sus sombras. Vamos, como si en el cine nos hubiesen colocado en la última fila y detrás de una columna.
Si se acepta el planteamiento platónico, las opciones son claras: o intentar levantar el culo para salir de la caverna y ver bien la peli que están echando allá fuera, o consolarse pensando que una vez que muramos y nos saquen del cine-caverna con los pies por delante, podremos ver adecuadamente la peli.
Diógenes no rebatió a Platón ni falta que le hacía. Él se limitó a quedarse en su agujero y a enseñarnos indirectamente una lección: haya o no una película allá fuera, éste es mi sitio y aquí están echando la única película que me interesa. No consuela mucho saber que están echando “Lo que el viento se llevó” en Technicolor y que los de la tercera fila lo estarán viendo de maravilla, cuando uno está en la última fila y detrás de la columna (¿a quién se le ocurriría poner columnas en un cine?). Lo que hay que hacer es aceptar la situación y ponerse a comer palomitas, única alternativa cuando uno tiene una mala butaca o cuando están echando una de Schwartzenegger (sí, ya sé que seguramente lo he escrito mal, pero es que tiene un apellido…).
Por desgracia Platón fue el maestro de Aristóteles, que le hizo la debida publicidad, y luego Plotino abrió una franquicia filosófica, que se llamó los Neoplatónicos. Entre todos nos vendieron la caverna Platón como si fuera el summum del razonamiento humano, cuando no era más que una pequeña venada de filósofo amargado y dispépsico. Otro gallo nos hubiera cantado si a todos ellos les hubiéramos encerrado en la susodicha caverna y hubiéramos tirado la llave al río Leteo, que es el del olvido.
